¿Por qué leo y/o escribo (a veces, cuando me dejan, siempre que el escaso tiempo lo permite)? (II)

Dejando a un lado, tal como citábamos aquí, el Pumby y demás tebeos de la época (todos, de aquella era un voraz devorador de viñetas), el salto cuántico se produjo cuando empecé a leer las novelas de Verne, pasando de las Joyas Literarias Juveniles a los textos en las que estaban basadas. Mirándolo desde la perspectiva actual, uno se da cuenta de que ése sí que era un modo cojonudo de fomentar la lectura, un esquema lógico de avance. Supongo que muchos de los de mi generación, habrán pasado por ese momento.

Se empieza con Verne, claro, y se sigue con todo lo demás, hasta que se va llegando a todo tipo expresión literaria, y uno acaba por toparse con las Obras Maestras, que, en algunos casos satisfacen, y en muchos otros no. Al menos para mí. Entiéndanme, se las percibe como una importantísima contribución a la gestalt estética de nuestra civilización, pero no son lo que se dice un dechado de acción y coherencia. Disculpable, por supuesto, dada las épocas y sociedades que las produjeron. El problema estaba en mí: el espíritu friki acechaba tras cada nueva decepción.

Entonces llegó el descubrimiento: un enorme libraco que contenía parte de las obras de Álvaro de Laiglesia.

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Te vigilan, brother

Desde ayer, he estado pensando sobre qué tema podría quejarme en el siguiente post. Algo sencillito, sin demasiado alcance, una gilipollez cualquiera, vamos. El problema es que hay tanto donde elegir que a uno se le va la pinza entre tanta idiotez producida por los hombres y mujeres humanos.

Al final me he decidido por hablar de Google (paso de poner links porque todos tenéis a estos mamarrachos como página de inicio inevitable en todos vuestros navegadores), aprovechando que circula un vídeo por YouTube desde hace algún tiempo en el que se exprime y se explica los modos y maneras en los que actúan estos simpáticos muchachos que se onanizan con el Gran Hermano de Orwell.

Seamos claros: Google no es más que una extensión de la habitual paranoia estadounidense, que considera que el mundo es un lugar muy peligroso para vivir y que, por tanto, hay que estar preparados para defenderse. En su inmensa estupidez vital, compañías como esta creen estar haciendo una inmensa labor a la humanidad (esto en psicología se llama Megalomanía, o sea, creerse el ombligo del mundo) al escanear todos los correos y al recabar información vital sobre todos los usuarios de, por ejemplo, Gmail, que son millones en este patético planeta nuestro. Para ellos, respetar la privacidad no es más que una muestra de flaqueza, algo que hay que sacrificar en aras de un bien mayor: la consecución de un planeta puro en donde reine el Bien para mayor gloria de Dios (no olvidéis lo que pone en los billetes de dólar: In God We Trust [En Dios Confiamos]), y, ya de paso, donde los yanquis sean los que administren el cotarro; es que el resto de la humanidad, ya sabéis, son tontos perdidos que necesitan ser gobernados.

Es sintomático que en Second Life, ese mundo virtual en el que están empezando a replicarse los mismos comportamientos y actitudes que en el mundo real, donde hasta hacía poco se producía un respeto absoluto hacia la intimidad de los usuarios, haya ahora una prisa absoluta por cambiar los protocolos y exigir a todos los miembros (hay muchas formas de exigir, no se dejen engañar por la demagogia y la oratoria barata) que demuestren más allá de toda duda que son los que dicen ser y que tienen la edad que dicen tener. Y yo me pregunto, ¿qué sentido tiene entonces un juego (por llamarlo de algún modo) donde lo que los usuarios buscan es la fantasía y adoptar las apariencias que quieran para vivir una segunda vida que no tenga nada que ver con la de verdad? Pues no tiene ninguno, oiga, pero es lo que hay, y nadie podrá hacer nada por impedirlo.

Detrás de este ejemplo, seguro, está la CIA, el FBI, y su acólito Google, no lo duden, recabando información para mayor gloria de un mundo mejor. Yo propongo, desde esta humilde tribuna, que usemos Gmail, por qué no, pero que incluyamos en las firmas lindezas como las siguientes, más que nada para joderles. Os las coloco en Inglés para que así las entiendan:

  • Go spy your fucking mother (Ve a espiar a tu puta madre)
  • Privacy is ecstasy (La privacidad es el éxtasis)
  • Stop watching my ass, pervert! (¡Deja de mirarme el culo, pervertido!)
  • You’re molesting a free soul (Estáis abusando de un alma libre)
  • Who watches The Watchmen? (¿Quién vigila a Los Vigilantes?) [Esto es de Juvenal, pero sigue molando a pesar de los años]

Vosotros podéis añadir el resto. Inundemos el ciberespacio de proclamas anti gilipollas endiosados, y saturemos sus servidores con quejas y porquería filosófica. Ellos nos bombardean con anuncios que no pedimos, pues hagamos nosotros lo mismo.

Mi intimidad es mía. Es todo cuanto tengo que decir.

¿Por qué leo y/o escribo (a veces, cuando me dejan, siempre que el escaso tiempo lo permite)? (I)

Pues ambas cosas las hago desde siempre, desde pequeño, como todos los disparaletras de este mundo. Empecé a leer con el Pumby, eso lo tengo muy claro, porque en mi mente hay flashes bastante definidos de la cara del susodicho felino, con su enorme cascabel colgando del cuello y los rostros de Blanquita y el Profesor Chivete merodeando a su alrededor.

Punto y aparte.

¿Lo ven? De un modo subliminal, la estructura narrativa de ese (en apariencia) inocente divertimento infantil ya contiene la semilla de muchos cuentos pulp de épocas anteriores, la fórmula magistral de la CiFi de los comienzos: héroe valiente e impetuoso, muchachita de buen ver (aunque sea felina) y científico un-poco-loco que los lleva aquí, allá y acullá por medio de sus inventos y descubrimientos. Estaba claro que nos abocaban al frikismo sin que pudiéramos resistirnos a ello. Sí, amiguitos, Pumby fue el primer peldaño de una larga escalera que me conduciría al ghetto de los literariamente indigentes. Por confesar cosas como esta, uno ya no podrá publicar nunca una historia en la que aparezcan seres normales y corrientes viviendo sus aburridas vidas normales y corrientes.

Buaaaaaaaaaaaaa.

(Continuará)

Felicitación de protocolo

Los que me conocen un poco saben que odio la Navidad, y los que no, pues acaban de enterarse. De pequeño me gustaba, como a todos, pero ya he dicho más de una vez que esta ola de consumo compulsivo que trae el neoliberalismo ha terminado por cargarse cualquier ilusión que me pudiera o pudiese quedar. De todas formas, lo cortés no quita lo valiente, y uno es una persona educada que comprende que su opinión no es ni mucho menos compartida por el resto del planeta. Por tanto, sirva este pequeño post para desearles unas felices navidades y un próspero año nuevo en el que el Euribor caiga en picado y el Cádiz vuelva a primera. Sí, sé que es un detalle, pero es que yo soy así de generoso :)) 

All’s well that ends well

A los que sois profesores (o alumnos) no os cogerá por sorpresa si os digo que la causa de que lleve tantos días sin actualizar es que… efectivamente, hemos estado de exámenes, correcciones, reuniones de evaluación, y demás zarandajas relacionadas con el trabajo de la docencia.

Tengo ahora mismo una empanada mental considerable, y poco menos que lo único que ve mi mente es una sucesión de números y rayitas rojas inclinadas sobre fondo blanco, amén de cientos de cuadrículas en las que hay que ir reseñando las estadísticas de aprobados y suspensos, ausencias y partes de disciplina. Un trabajo agotador el de burócrata, situación a la que nos aboca por cojones nuestra querida Junta de Andalucía. Cuánto recuerdo a mis colegas ingleses, sobre todo al director del centro donde estuve de intercambio el año pasado… Una vez se me ocurrió preguntarle si allí, en la perfida Albión, los profesores también tenían que hacer trabajo administrativo (y de psicólogos, y de consejeros, y de…) tal como ocurre aquí. Jim me miró con extrañeza, con esa cara de sabio que tenía el tío, y, negando con la cabeza dijo sólo dos palabras: “Teachers teach“, es decir, que lo único que hacen los profesores allí es enseñar. Y punto. Vaya suerte la de los colegas de las islas (y de otros muchos países).

En fin, que todo se acaba. Esta tarde tengo las últimas reuniones de evaluación, y el viernes entrego las notas de mi tutoría, los mastuerzos de 3º A, que, después de todo, no han salido tan mal parados. Es lo que tiene ser inteligente e inexperto: que no te las ves venir. Sin embargo, espero que hayan aprendido que confiarse es un error, y que, teniendo en cuenta sus muchas capacidades, tienen potencial para llegar a hacer lo que quieran, empezando por aprobar un curso como el de tercero de la ESO. Por cierto, hablando de mis alumnos, un saludo bloguero para ese padawan bitacoril que es el Señor X, un tipo la mar de pintoresco y una de las personas más jóvenes que lleva una bitácora en estos momentos. Su proyecto aún está en pañales, bien es verdad, pero, por otra parte, es esperanzador que haya gente con inquietudes de comunicación dentro de la desidia que demuestra su generación.

A partir de ahora, espero poder cumplir mi promesa interior de actualizar al menos una vez cada dos días. Las vacaciones de navidad ayudarán, seguro.

Muchas pequeñas cosas

[Música de fondo: “Das Model” de Rammstein]

Bueno, por fin puedo actualizar la bitácora. A lo largo de estas casi dos semanas que han transcurrido desde que escribiera en ella por última vez me ha sucedido casi de todo: algunas cosas buenas y otras no tanto. Eso sí, afortunadamente ninguna mala.

En primer lugar, caí enfermo y mi amable doctora de cabecera (gracias, Pilar) me dio de baja para que pudiera cuidarme la puñetera garganta. Siendo profesor, entenderán ustedes que es parte fundamental de mi cuerpo para poder llevar mi trabajo a buen puerto. Casi una semana en casita, con la bufanda al cuello e intentando hablar lo menos posible. Lo que aún me tiene mosqueado es que la súper-faringitis que pillé se debió a… ¡mi operación de amígdalas! Nada raro en principio, salvo que la intervención se llevó a cabo hace treinta y seis años. Casi nada. Lo cierto es que se me habían infectado las cicatrices y tenía aquello como el estanque de los patos del Parque Genovés, es decir, hecho una mierda. Tras un potente chute de antibióticos y antiinflamatorios ya me encuentro mucho mejor, aunque tengo que reservarme los gritos para el segundo trimestre. Je, je.

En otro orden de cosas, aproveché ese tiempo para darle fuerte a uno de mis grandes temas pendientes: el carné de conducir. Tengo dos carreras, un máster, las oposiciones de educación aprobadas, y muchas otra cosas más que, como mínimo, me validan en ser un estudiante medianamente aceptable. Sin embargo, miren ustedes, a mis cuarenta y dos años no había tenido cojones de sacarme el puñetero permiso de circulación. Eso se ha acabado. Me examiné de la parte teórica el pasado día cinco y… sí, he aprobado a la primera, con cero errores. Juassssss… La mar de contento que estoy, aunque sólo haya ganado una batalla, que no la guerra. Aún me queda el monstruo grande de final de nivel: el examen práctico. Ése sí que me da auténtico canguelo.

En fin, y muchas cosas más que me reservo para futuros posts. Tengan en cuenta que ahora se avecina la peor época para los profesores, en el sentido de que es la más frenética: el momento de evaluar a la basca y entregar las notas del primer trimestre. Exámenes, reuniones de evaluación, correcciones aceleradas… eso que ya casi forma parte del espíritu navideño.

Bueno, pues eso. Cuídense, gasten poco y prepárense para ver cómo sus cuentas bancarias menguan sin control. Desde aquí, seguiremos informando.

Ordeñando a la basca

[Música de fondo: Californication, de los Red Hot Chili Peppers]

Cuando yo era chico (pongamos que hace más o menos unos treinta años) las compras navideñas y, por supuesto, sus productos asociados, estaban en boxes hasta poco más de una semana antes de la nochebuena. I mean, que hasta el quince de diciembre o así nadie se preocupaba por hacer acopio de polvorones, sidras, pavos, mariscos (salvo gente pudiente, no había pasta para ello), regalos inservibles y demás gilipolleces que nos echamos a las espaldas durante estas fechas de supuesto buen rollito. ¿Por qué? Por muchísimas razones, pero la principal es que no había tantos centros comerciales e hipermercados a los que bailarles el agua.Nuestra sociedad pasará a la historia como una de las más gilipollas que ha parido la especie humana (de por sí bastante imbécil a juzgar por las cagadas cometidas a lo largo y ancho de la historia), de eso no me cabe la menor duda. En síntesis, no somos más que una panda de simios que se mata a trabajar con el fin de obtener unos cuantos bits de información que se traducen a numeritos en la cuenta del banco para, inmediatamente, irlos entregando poco a poco a unas entidades que nos proveen de cosas que, en realidad, no necesitamos en la mayoría de los casos. Esto último se agrava más o menos a finales de octubre, con el pretexto de celebrar el nacimiento de un tipo que, supuestamente, murió por los pecados de la humanidad. Qué bonito, oiga. Ya puestos, el tipo en cuestión nunca dijo que tuviéramos que empeñar hasta las cejas para comprar regalitos absurdos que nuestros familiares irán arrinconando en rincones olvidados de sus casas. Porque, la verdad, ¿a alguno de ustedes le regalan algo que de verdad necesite o desee? Quitemos a las parejas de cada cual, que más o menos nos conocen… aparte de éstas, todo lo demas se limita a chucherías sin sentido que nos la traen al pairo. Los únicos que salen ganando, ya saben, son los mismos que se ponen las botas inventádose fiestecitas absurdas a lo largo del año, todo para que no haya ni un solo mes en el calendario en el que no haya que regalar algo a alguien.Nunca he sido amante de la navidad, ni siquiera de pequeño, pero he de reconocer que, al menos, las de antes eran menos ostentosas y más ilusionantes. Será que ahora ya tenemos de todo (me refiero al mundo occidental), y que pocas cosas nos sorprenden; o será que en este mundo neoliberal que nos contiene no nos queda otra para ganarnos el derecho a existir.Y, sí, odio al puto santa claus de los cojones. De aquí a nada, si no ya lo verá, estaremos celebrando el Día de Acción de Gracias sin saber siquera lo que significa. El caso es celebrar, aunque la otra mitad del mundo se esté muriendo de hambre en estos mismos momentos.