¿Por qué leo y/o escribo (a veces, cuando me dejan, siempre que el escaso tiempo lo permite)? (II)

Dejando a un lado, tal como citábamos aquí, el Pumby y demás tebeos de la época (todos, de aquella era un voraz devorador de viñetas), el salto cuántico se produjo cuando empecé a leer las novelas de Verne, pasando de las Joyas Literarias Juveniles a los textos en las que estaban basadas. Mirándolo desde la perspectiva actual, uno se da cuenta de que ése sí que era un modo cojonudo de fomentar la lectura, un esquema lógico de avance. Supongo que muchos de los de mi generación, habrán pasado por ese momento.

Se empieza con Verne, claro, y se sigue con todo lo demás, hasta que se va llegando a todo tipo expresión literaria, y uno acaba por toparse con las Obras Maestras, que, en algunos casos satisfacen, y en muchos otros no. Al menos para mí. Entiéndanme, se las percibe como una importantísima contribución a la gestalt estética de nuestra civilización, pero no son lo que se dice un dechado de acción y coherencia. Disculpable, por supuesto, dada las épocas y sociedades que las produjeron. El problema estaba en mí: el espíritu friki acechaba tras cada nueva decepción.

Entonces llegó el descubrimiento: un enorme libraco que contenía parte de las obras de Álvaro de Laiglesia.

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Recuerdos Amargos en Re Menor (Divertimento Cómico)

[Música de fondo: “Danzas Polovtsianas del Príncipe Igor”, de Borodin, interpretado por el coro de bellas katyuskas rurales del koljós del norte…]

Hoy nieva como si dios estuviera sacudiéndose la caspa de los hombros. Aquí en mi celda solitaria, apenas compartida con otros veinte desgraciados, garabateo mis ideas sobre unos pedazos de papel higiénico usado. Los recuerdos vienen a mí, atropellados, como los golpes de Pyotr y Yevgeny, los guardias armenios que se encargan de mantenernos en calor. Echo de menos tantas cosas, tantas… Pero sobre todas ellas, incluso por encima de mi osito de peluche, la imagen de Natasha se alza sobre todas las demás. Natasha, mi amor, mi delirio, mi perdición… ¿dónde estarás ahora? ¿Yacerás en la cama de algún preboste de las altas esferas de Moscú? ¿Te habrán obligado a satisfacer sus instintos más bajos y rastreros? ¿Quizá seas la esclava sexual de alguna matrona uzbekistana? ¿Acaso habrás acabado en las casas del placer de Murmansk, allá donde Pedro el Grande perdió el gorro..? Natasha, mi pobre Natasha, apartada de mis brazos por el destino cruel. Aún recuerdo cómo introducías tus delicados dedos en mis globos oculares, cómo mordías la punta de mi lengua cuando intentaba besarte, cómo hundías la afilada puntera de tu botín de cabritillo en mi escroto dolorido… Y todo para demostrar tu afecto y tu abnegación.

Natasha, secuestrada por los soldados cosacos allá en nuestro palacete a orillas del Volga, donde vivíamos felices con mis padres y Nicolai, el bello jardinero bieloruso. No teníamos jardín, pero Natasha aducía que sería un verguenza dejar en el paro a un chico tan bien dotado como Nicolai. Así era Natasha, siempre atenta, siempre dispuesta a hacer lo que fuera por los más necesitados… Como aquella tarde, por ejemplo, en que accedí al establo para enjaezar a mi montura y los pillé a ambos desnudos en mitad de la paja. El pobre Nicolai se había quedado sin ropas, tras ser asaltado por unos malévolos bandidos ucranianos, y ella, ni corta ni perezosa, se había despojado de las suyas para cubrir su musculoso cuerpo antes de que pillase un resfriado.

Natasha… ¿Cuánto dolor puede sufrir un hombre? Aquí en el gulag, apartado de la corte y de la francachela de la alta sociedad, sin saber si vives o mueres, mi alma se angustia cada segundo. Mis compañeros de celda, mientras hacen cola para abusar de mí, tratan de consolarme con animosos golpes en las corvas, o con pellizcos de comprensión en las orejas.

El papel higiénico se acaba, entre mancha y mancha de dudosa procedencia. Tendré que esperar al próximo caso de disenteria para poder seguir con estas memorias. No tengo prisa; aquí el tiempo casi no tiene sentido.

Simbiosis

[Música de Fondo: Unrockbar de Die Ärtze]

A veces uno se bloquea y no sabe qué escribir. La página en blanco se torna entonces el peor de los monstruos conocidos, y parece mofarse de nuestra angustia, como si nos retara a rellenar su superficie con algo más que exabruptos sin sentido. Es el instante más solitario que concibo: un hombre solo contra la creación, atrapado en una especie de duelo místico que no todos son capaces de comprender.Durante esos momentos críticos, la mente parece tomar la sustancia de un ladrillo introducido a presión dentro del cráneo, incapaz de realizar las oportunas y naturales conexiones dentro de la red neural. Las ideas son pegajosas, lentas, deslavazadas, como el mundo visto a través de un cristal empañado. Y nada surge de nuestro interior. Nos hemos quedado vacíos de repente, expulsados de un plumazo de ese universo de pensamiento en el que nos gustaría nadar.Los psicólogos dicen que es el stress, el ansia de volcar palabras, lo que nos limita y nos impide crear. Nos recomiendan recostarnos en nuestro sillón y dejar la mente en blanco, desintegrar ese ladrillo denso y malvado a golpes de… nada. Dejar flotar el espíritu, hasta que se alce con dirección al infinito y llegue a algún lugar de maravilla en el que nunca hemos estado. Allí quizá conozcamos a alguien, o a varios alguienes, quién sabe. El problema es encontrar al adecuado, a ese personaje que posee una característica especial que le distingue del resto, que hace o dice cosas que a nadie podrían dejar indiferentes. Una vez que lo encontremos, es labor nuestra perder la timidez e invitarle a una copa, pedirle que nos cuente por qué caminos ha discurrido su vida, cómo llegó hasta ese lugar que ahora frecuentamos, qué espera conseguir con su estancia. Es posible que nos confiese sus intimidades, que abra su alma, depositando en nosotros una confianza que no merecemos.Porque los escritores somos como sanguijuelas, agazapados en cualquier lugar, esperando encontrar a ese alguien que nos preste su vida para chupársela y verterla sobre las cuartillas. Después la disfrazaremos, la pintaremos con colores y texturas que sólo existen en nuestra imaginación, la haremos discurrir por senderos y escenarios a los que hemos llegado dejando vagar los ojos de la mente hacia el vacío en el que se reúne todo lo posible y lo imposible, hasta moldear una historia que a vosotros, los lectores, os pueda interesar.En el fondo, todo es una cuestión de simbiosis.

Pasen y vean

Bueno, pues aquí tienen el nuevo pisito (cibernético, claro), o la nueva tribuna, o lo que les salga de las narices: son ustedes muy libres de llamar a esto como les dé la gana. No hay una razón oculta o especial para haber cambiado de dirección. Soy una persona inquieta, lo saben los que me conocen, y la monotonía llega a agobiarme bastante. A esto hay que añadirle que, siendo un geek, me gusta tener la bitácora llena de cacharritos y gilipolleces, algo que era mucho más complicado en el anterior dominio. Qué le vamos a hacer. Como decía el poeta: “Cada uno es como es y anda siempre con lo puesto”.

Este formato de bitácora, además, me permitirá añadir paginas con mi información personal y mis publicaciones, así como un forma más dinámica de presentarles textos en Creative Commons; en cristiano, esas cosas que uno escribe porque le llaman desde el fondo del cerebro pero que sabe que ninguna editorial va a estar dispuesta a publicarlas.

Me encuentro en un momento de creatividad febril que apenas puedo controlar, aunque la mayor parte está destinada a quedarse en el disco duro (la novela de Conan, por ejemplo: subidón que me ha dado al saber que estaba, como Sherlock Holmes, libre de derechos). Por eso prefiero que, de estar en modo digital, esté aquí, en la Red de Redes, donde las personas que quieran (pocas) puedan disfrutar de ello.

Y poco más. Ya seguiremos informando una vez que me haga con los mandos de la nave.