El Tío Genaro (I)

Todos sabemos que las jacas galopan y cortan el viento, que la luna en el mar riela, que poesía eres tú (vaya usted a saber quién), y que las croquetas están mejor cuando las hace la madre de uno mismo. Grandes verdades de la vida que nadie cuestiona. Repito: nadie. Entonces, ¿por qué ese afán de negar la incontestable importancia de los inventos del Tío Genaro, hijo del Abuelo Néstor, padre y madre de los Gemelos Vulpini?

Sé la respuesta, por supuesto, pero callaré cual meretriz con tal de no empañar el buen nombre de ese hombre dotado por la divinidad que tanto aportó al acervo científico y tecnológico de nuestro país en los tiempos, qué duda cabe, en que éste más lo necesitaba.

Callaré como una tumba, nada saldrá de mi boca (ni de mi lengua, ni de mi garganta, ni, ya puestos, de ninguno de los elementos que componen mi aparato fonador). Sin embargo, nadie podrá impedirme que desbroce su vida y milagros (sí, milagros, y no precisamente la que vende churros en el puesto del mercado) usando la fértil herramienta de la literatura y dejando constancia escrita, a fin de que las futuras generaciones comprendan cuán grande fue la figura del Tío Genaro, qué pobres hubieran sido nuestras vidas sin sus descubrimientos, cuán perdidos estaríamos por las autopistas de la información encriptada… Ah, Genaro, querido Tío Genaro, espero que desde el limbo de los inventores estés viendo cómo me dispongo a relatarle al mundo tus hazañas.

El Tío Genaro nació en Cuba, allende los mares, o el océano, en este caso. Vio la luz de las lámparas del quirófano un soleado día de Noviembre, mientras el abuelo Néstor crapuleaba por las tabernas cercanas al malecón, ávido de nuevas experiencias que le permitieran ejercer su profesión: literato de vanguardias. El sagaz lector se preguntará por qué mi antepasado no era novelista a secas, como tantos otros hombres de provecho, y yo le responderé que, hombre, de esos hay muchos, y todos sabemos que no se comen un pimiento. El abuelo Néstor buscaba la gloria, y, a fuerza de frecuentar lupanares repletos de mulatas generosas, acabó haciéndolo: Gloria Silveira, emigrante brasileña, la mujer que le arrebató los sesos e hizo que abandonara a su familia en la caótica Habana de aquella época. La abuela Micaela lloró, lloró, y al final sollozó, abjurando de la memoria de Néstor, y puso a Dios por testigo de que jamás volvería a pasar hambre (juramento que, más tarde, usaría una célebre autora norteamericana que pasaba por allí). Es por ello que el Tío Néstor se crió solo, sin más compañía que las moscas que revoloteaban por la habitación, y el alegre sonido de las maracas y las congas que sonaban en el piso de abajo, en la taberna donde su madre Micaela servía copas a los marineros que llegaban desde los cuatro continentes. Sí, ya sé que son cinco, pero el quinto lo inventó el Tío Genaro, aunque nadie se atreva a creerlo. En aquellos tiempos aún no existía Oceanía, aparte de unos cuantos islotes diseminados por el mapa y una isla más bien grandota a la que iban a parar todos los bandidos hijos de la Gran Bretaña que no cabían en la abarrotada América del Norte. Pero no adelantemos acontecimientos.

Creció y aprendió solo, les decía, a tal velocidad que era capaz de leer y escribir con apenas doce años de edad. Autodidacta nato, no vio su primer libro hasta que robó uno en casa del hacendado Malasaña, un viejo huraño que vivía en una mansión en la costa de Guantánamo y dilapidaba su fortuna entre los tugurios de la capital. Fue en uno de ellos, el que ocupaba la parte baja del hogar de Genaro donde este malnacido, cascarrabias y pendenciero, se encandiló de la abuela Micaela. Al Tío Genaro nunca le gustó su facha, pero sí las bolsas de chucherías que le arrojaba por la ventana para que fuera a buscarlas a la calle. Éstas estaban llenas de los restos de las fiestas y los banquetes que en su casona se organizaban, y normalmente constaban de huesecillos de pollo y posos de café edulcorado con menta amarga. El Tío Genaro, que había crecido alimentándose de mendrugos de pan y el ron que quedaba en el fondo de los vasos, creía que aquello era un verdadero manjar de dioses, y chupa requetechupaba aquellas fruslerías hasta que acababa con la última de sus migajas.

Mientras, el viejo Malasaña, comía y chupaba otras cosas en el piso de arriba.

Llegados a este punto, comprenderán ustedes, queridos lectores, que la infancia y temprana adolescencia del que llegaría a ser el genio más grande que ha dado la sangre española fueron cualquier cosa menos felices, antes bien falaces y ruines. Sin embargo, si son gente astuta, también habrán deducido que tales desdichas contribuyeron a la formación de su espíritu de un modo en el ninguna otra podría haberlo hecho. ¿Es justo que las preclaras mentes que han de conducirnos por los caminos del progreso tengan que sufrir las penurias de una infancia horrible para poder sacar de entre sus sesos las ideas que habrán de salvarnos a todos? No fue sólo el Tío Genaro… ¿Qué me dicen de Flemming, que tuvo que autoresfriarse y autoengriparse durante sus primeros años a fin de poder descubrir la penicilina siendo ya un mocito? ¿Cómo no recordar a la insigne Madame Curie, que a punto estuvo de inventar la bomba atómica pero que se lo pensó mejor y dejó que fuera Oppenheimer el encargado de recibir tan dudoso honor? ¿Podremos olvidar a Guadalberto Zurrapa, de los Zurrapa del Alto Aragón, y su sacrificio en aras de descubrir la fórmula magistral que más tarde nos brindó esa ambrosía que es el batido de chocolate? No, y mil veces no, tales esfuerzos deberían ser recompensados con grandes medallas del tamaño de latas de atún, y cuantiosas becas con las que, de alguna forma, pudieran paliarse la carencia de donuts y cañas de crema durante la etapa infantil de nuestros sacrificados inventores.

Ruego me perdonen ustedes el exabrupto dialéctico, pero es muy grande la admiración que siento por el Tío Genaro, y, en general, por todos los tíos del mundo, pues ya se sabe que a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos. Y sobrinos, les guste o no, somos todos: usted, yo, el marido de la portera, el repartidor del butano, y el jovenzuelo descarado que pretende a su hija adolescente.

Todos.

Pero volvamos a coger el hilo de las historia. ¿Por dónde íbamos? Er…. Malasaña, eso es, el viejo sociópata que bebía los vientos (amén de sus buenos cuartos de ron) por la abuela Micaela, el malhadado que vilipendiaba la pobre y triste infancia del Tío Genaro con las sobras que resultaban de sus opíparas y pantagruélicas cenas. Mas poco tiempo hubo de pasar hasta que Genaro, aun púber e inocente, cayese en la cuenta de lo que estaban haciendo con él. Una noche aciaga, en la que se entretenía lamiendo los restos de salsa cóctel que resbalaban por las paredes internas de un vol-au-vent mordisqueado, sentado sobre la acera húmeda que quedaba ante su oscuro portal, el joven inventor oyó los gritos de su madre, y la voz aguardentosa de Malasaña berreando incoherencias. Genaro engulló las migajas casi atragantándose y sumo dos más dos. El resultado fue cuatro, como no podía ser de otro modo, y, orgulloso de su lucidez matemática, se puso a considerar qué podría estar pasando en el piso para que su progenitora chillara y papito Malasaña (por entonces aún lo llamaba así) rugiera de aquella forma.

Pensó durante una hora, más o menos hasta que los gritos cesaron.

Entonces, sintió que, de repente, el universo se abría como una flor invadida por un enjambre de abejas africanas asesinas. Poco a poco, la comprensión fue llenando cada una de las redes de neuronas (invento de otro de nuestros ilustres científicos, Don Torcuato Luca de Tena) que pululaban por su mente enardecida. Casi lo tengo, se dijo, casi puedo… Y se desmayó por el esfuerzo. En este punto hay que ser comprensivos. El Tío Genaro era todavía imberbe, estaba pachucho por mor de su inexistente dieta, los conocimientos que abotargaban su cerebro eran tantos y tan variados… Sufrió lo que en términos actuales conocemos como un shock, pero que en aquello tiempos aún se llamaba patatús. Taxonomías aparte, varios marineros que por allí pasaban le pegaron puntapiés en las corvas para comprobar su estado de salud y un mendigo mulato, con mucha más hambre que él (llevaba más años en el oficio de sin techo: estaba a punto de empezar a percibir su segundo sexenio), le arrebató las últimas migajas aprovechando su pérdida de conocimiento. Allí tirado, carente de todo, despojado de su humanidad, podría decirse que el Tío Genaro nació por segunda vez.

Bien es verdad que podría haberlo hecho unas cuantas veces más, pero siendo hombre cabal prefirió dejar de nacer con tanta frecuencia, más que nada por el qué dirán, una moda que causaba furor en la época y que no pocos quebraderos de cabeza causó a la política nacional e internacional.

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Una respuesta

  1. amigo, me ha gustao tu redacción imaginativa del tio genaro, aunque me he quedao con un poco de ganas. más allá del lenguaje (muy específico a veces) o unos chistes de primaria (al hacer humor es imposible no caer en esos resbalones) el cuentillo es de los más ameno. estar´
    ia bueno que siguiese amigo, y más vamos por la literatura cómica (pero profunda e inteligente) que es la que hace falta pa salvar este mundo abarrotado de imágines fútiles sin sentido.

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