All’s well that ends well

A los que sois profesores (o alumnos) no os cogerá por sorpresa si os digo que la causa de que lleve tantos días sin actualizar es que… efectivamente, hemos estado de exámenes, correcciones, reuniones de evaluación, y demás zarandajas relacionadas con el trabajo de la docencia.

Tengo ahora mismo una empanada mental considerable, y poco menos que lo único que ve mi mente es una sucesión de números y rayitas rojas inclinadas sobre fondo blanco, amén de cientos de cuadrículas en las que hay que ir reseñando las estadísticas de aprobados y suspensos, ausencias y partes de disciplina. Un trabajo agotador el de burócrata, situación a la que nos aboca por cojones nuestra querida Junta de Andalucía. Cuánto recuerdo a mis colegas ingleses, sobre todo al director del centro donde estuve de intercambio el año pasado… Una vez se me ocurrió preguntarle si allí, en la perfida Albión, los profesores también tenían que hacer trabajo administrativo (y de psicólogos, y de consejeros, y de…) tal como ocurre aquí. Jim me miró con extrañeza, con esa cara de sabio que tenía el tío, y, negando con la cabeza dijo sólo dos palabras: “Teachers teach“, es decir, que lo único que hacen los profesores allí es enseñar. Y punto. Vaya suerte la de los colegas de las islas (y de otros muchos países).

En fin, que todo se acaba. Esta tarde tengo las últimas reuniones de evaluación, y el viernes entrego las notas de mi tutoría, los mastuerzos de 3º A, que, después de todo, no han salido tan mal parados. Es lo que tiene ser inteligente e inexperto: que no te las ves venir. Sin embargo, espero que hayan aprendido que confiarse es un error, y que, teniendo en cuenta sus muchas capacidades, tienen potencial para llegar a hacer lo que quieran, empezando por aprobar un curso como el de tercero de la ESO. Por cierto, hablando de mis alumnos, un saludo bloguero para ese padawan bitacoril que es el Señor X, un tipo la mar de pintoresco y una de las personas más jóvenes que lleva una bitácora en estos momentos. Su proyecto aún está en pañales, bien es verdad, pero, por otra parte, es esperanzador que haya gente con inquietudes de comunicación dentro de la desidia que demuestra su generación.

A partir de ahora, espero poder cumplir mi promesa interior de actualizar al menos una vez cada dos días. Las vacaciones de navidad ayudarán, seguro.

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Indy is back

Sí, sí, sí….

Indy vuelve a la carga dentro de seis meses, el 22 de Mayo concretamente, y todos los cientos de miles de fans estamos mordiéndonos las uñas esperando su regreso; en parte por vivir otra de sus aventuras, en parte por descubrir si nos timan o no. De momento, acaba de salir el cartel de la nueva película y es IM-PRE-SIO-NAN-TE. Vuelve a las raíces del buen cine de aventuras, y se aparta de la desastrosa moda del Photoshop a destajo (copypasteando los caretos de los protagonistas). Por mi parte, pienso darle un repaso a la trilogía estas navidades y ponerme de Doctor Jones hasta las trancas, para ir haciendo boca.

Como aperitivo, aquí tienen el póster de marras, cortesía de Tu Blog de Cine:

Muchas pequeñas cosas

[Música de fondo: “Das Model” de Rammstein]

Bueno, por fin puedo actualizar la bitácora. A lo largo de estas casi dos semanas que han transcurrido desde que escribiera en ella por última vez me ha sucedido casi de todo: algunas cosas buenas y otras no tanto. Eso sí, afortunadamente ninguna mala.

En primer lugar, caí enfermo y mi amable doctora de cabecera (gracias, Pilar) me dio de baja para que pudiera cuidarme la puñetera garganta. Siendo profesor, entenderán ustedes que es parte fundamental de mi cuerpo para poder llevar mi trabajo a buen puerto. Casi una semana en casita, con la bufanda al cuello e intentando hablar lo menos posible. Lo que aún me tiene mosqueado es que la súper-faringitis que pillé se debió a… ¡mi operación de amígdalas! Nada raro en principio, salvo que la intervención se llevó a cabo hace treinta y seis años. Casi nada. Lo cierto es que se me habían infectado las cicatrices y tenía aquello como el estanque de los patos del Parque Genovés, es decir, hecho una mierda. Tras un potente chute de antibióticos y antiinflamatorios ya me encuentro mucho mejor, aunque tengo que reservarme los gritos para el segundo trimestre. Je, je.

En otro orden de cosas, aproveché ese tiempo para darle fuerte a uno de mis grandes temas pendientes: el carné de conducir. Tengo dos carreras, un máster, las oposiciones de educación aprobadas, y muchas otra cosas más que, como mínimo, me validan en ser un estudiante medianamente aceptable. Sin embargo, miren ustedes, a mis cuarenta y dos años no había tenido cojones de sacarme el puñetero permiso de circulación. Eso se ha acabado. Me examiné de la parte teórica el pasado día cinco y… sí, he aprobado a la primera, con cero errores. Juassssss… La mar de contento que estoy, aunque sólo haya ganado una batalla, que no la guerra. Aún me queda el monstruo grande de final de nivel: el examen práctico. Ése sí que me da auténtico canguelo.

En fin, y muchas cosas más que me reservo para futuros posts. Tengan en cuenta que ahora se avecina la peor época para los profesores, en el sentido de que es la más frenética: el momento de evaluar a la basca y entregar las notas del primer trimestre. Exámenes, reuniones de evaluación, correcciones aceleradas… eso que ya casi forma parte del espíritu navideño.

Bueno, pues eso. Cuídense, gasten poco y prepárense para ver cómo sus cuentas bancarias menguan sin control. Desde aquí, seguiremos informando.

Ordeñando a la basca

[Música de fondo: Californication, de los Red Hot Chili Peppers]

Cuando yo era chico (pongamos que hace más o menos unos treinta años) las compras navideñas y, por supuesto, sus productos asociados, estaban en boxes hasta poco más de una semana antes de la nochebuena. I mean, que hasta el quince de diciembre o así nadie se preocupaba por hacer acopio de polvorones, sidras, pavos, mariscos (salvo gente pudiente, no había pasta para ello), regalos inservibles y demás gilipolleces que nos echamos a las espaldas durante estas fechas de supuesto buen rollito. ¿Por qué? Por muchísimas razones, pero la principal es que no había tantos centros comerciales e hipermercados a los que bailarles el agua.Nuestra sociedad pasará a la historia como una de las más gilipollas que ha parido la especie humana (de por sí bastante imbécil a juzgar por las cagadas cometidas a lo largo y ancho de la historia), de eso no me cabe la menor duda. En síntesis, no somos más que una panda de simios que se mata a trabajar con el fin de obtener unos cuantos bits de información que se traducen a numeritos en la cuenta del banco para, inmediatamente, irlos entregando poco a poco a unas entidades que nos proveen de cosas que, en realidad, no necesitamos en la mayoría de los casos. Esto último se agrava más o menos a finales de octubre, con el pretexto de celebrar el nacimiento de un tipo que, supuestamente, murió por los pecados de la humanidad. Qué bonito, oiga. Ya puestos, el tipo en cuestión nunca dijo que tuviéramos que empeñar hasta las cejas para comprar regalitos absurdos que nuestros familiares irán arrinconando en rincones olvidados de sus casas. Porque, la verdad, ¿a alguno de ustedes le regalan algo que de verdad necesite o desee? Quitemos a las parejas de cada cual, que más o menos nos conocen… aparte de éstas, todo lo demas se limita a chucherías sin sentido que nos la traen al pairo. Los únicos que salen ganando, ya saben, son los mismos que se ponen las botas inventádose fiestecitas absurdas a lo largo del año, todo para que no haya ni un solo mes en el calendario en el que no haya que regalar algo a alguien.Nunca he sido amante de la navidad, ni siquiera de pequeño, pero he de reconocer que, al menos, las de antes eran menos ostentosas y más ilusionantes. Será que ahora ya tenemos de todo (me refiero al mundo occidental), y que pocas cosas nos sorprenden; o será que en este mundo neoliberal que nos contiene no nos queda otra para ganarnos el derecho a existir.Y, sí, odio al puto santa claus de los cojones. De aquí a nada, si no ya lo verá, estaremos celebrando el Día de Acción de Gracias sin saber siquera lo que significa. El caso es celebrar, aunque la otra mitad del mundo se esté muriendo de hambre en estos mismos momentos.

Pasen y vean

Bueno, pues aquí tienen el nuevo pisito (cibernético, claro), o la nueva tribuna, o lo que les salga de las narices: son ustedes muy libres de llamar a esto como les dé la gana. No hay una razón oculta o especial para haber cambiado de dirección. Soy una persona inquieta, lo saben los que me conocen, y la monotonía llega a agobiarme bastante. A esto hay que añadirle que, siendo un geek, me gusta tener la bitácora llena de cacharritos y gilipolleces, algo que era mucho más complicado en el anterior dominio. Qué le vamos a hacer. Como decía el poeta: “Cada uno es como es y anda siempre con lo puesto”.

Este formato de bitácora, además, me permitirá añadir paginas con mi información personal y mis publicaciones, así como un forma más dinámica de presentarles textos en Creative Commons; en cristiano, esas cosas que uno escribe porque le llaman desde el fondo del cerebro pero que sabe que ninguna editorial va a estar dispuesta a publicarlas.

Me encuentro en un momento de creatividad febril que apenas puedo controlar, aunque la mayor parte está destinada a quedarse en el disco duro (la novela de Conan, por ejemplo: subidón que me ha dado al saber que estaba, como Sherlock Holmes, libre de derechos). Por eso prefiero que, de estar en modo digital, esté aquí, en la Red de Redes, donde las personas que quieran (pocas) puedan disfrutar de ello.

Y poco más. Ya seguiremos informando una vez que me haga con los mandos de la nave.