El Mundo Feliz (I)

Debo confesarlo: soy culpable de todo lo que me acusan y, supongo, que deberé expiar mis culpas a lo largo de todas las reencarnaciones que me queden por delante. No hay vuelta atrás, por mucho que haga o diga, por mi sangre corren rastros genéticos de seres malvados y pendencieros que nos han llevado hasta la situación actual.

De verdad.

Soy hombre, caucásico, vivo en el primer mundo y pago mis impuestos. Como atenuante diré que hace mucho tiempo que abandoné la fe católica (aunque ellos se nieguen a facilitarme la apostasía: no pueden arriesgarse a que sus censos disminuyan), posiblemente una de las decisiones más inteligentes que haya tomado en la vida. Por lo demás, culpable, se mire por donde se mire.

Porque no recuerdo ahora mismo que, por irnos al otro lado de la calle de la vida, ninguna mujer haya comenzado jamás una guerra (¿mandar a la gente que amas y a tu prole al exterminio? Venga ya, eso no es de seres inteligentes), que ninguna fémina haya ordenado invadir un país para abortar culturas, que ellas se emborrachen y peguen a sus pareja para tratar de evadirse de sus frustraciones.